Las ventajas de trabajar en una empresa emocionalmente inteligente

Escrito por Alberto Chouza

Las empresas, al igual que le ocurre a las personas, tienen sus fortalezas y debilidades. Muchas las desconocen porque ni tan siquiera se las cuestionan, otras las intuyen o creen conocerlas llevadas por sus años de experiencia y unas cuantas sí se paran a analizarlas. Pero en muchas ocasiones sus evaluaciones no están correctamente enfocadas porque dejan al margen de su análisis capacidades emocionales directamente relacionadas con los resultados de la compañía como iniciativa, adaptabilidad, optimismo, autocontrol o aprovechamiento de la diversidad.

Daniel Goleman en su libro “Working with Emotional Intelligence” indica que al no tener en cuenta estas capacidades se acaba cayendo en prácticas desmotivadoras y antiproductivas, como:

  • Sobrecarga de trabajo.
  • Falta de autonomía.
  • Recompensas mezquinas.
  • Desconexión y aislamiento.
  • Injusticias.
  • Contradicción con los valores de la empresa.

Está claro que el éxito profesional y empresarial no depende solo del coeficiente intelectual, sino también de la inteligencia emocional. La podemos definir como la capacidad de conocerse y conducirse de modo realista y eficaz. Esta cualidad se manifiesta en cinco capacidades prácticas independientes de la inteligencia llamada intelectual:

  • Autoconciencia.
  • Autorregulación.
  • Motivación.
  • Empatía.
  • Sociabilidad.

Un estudio del Saratoga Institute sobre 600 empresas de 20 países mostró que las más  rentables y eficientes compartían las siguientes prácticas de gestión de sus personas:

  • Equilibrio entre las dimensiones financieras y humanas del plan de la empresa.
  • Compromiso de la organización en torno a una estrategia básica.
  • Iniciativa para estimular las mejoras del rendimiento.
  • Comunicación abierta y confianza con todos los interlocutores de la empresa.
  • Establecimiento de relaciones internas y externas que aporten ventajas competitivas a la organización.
  • Colaboración, apoyo y disposición a compartir recursos.
  • Innovación, asunción de riesgos y aprendizaje conjunto.
  • Vocación de competencia y mejora continua. No puede haber autocomplacencia.

Las empresas del siglo XXI, y con ellas las personas que las conforman, se empiezan a mover en algunas claves distintas a las hasta ahora habituales. Desarrollar la inteligencia emocional es fundamental para ayudar a cambiar a personas y organizaciones que tienen que convivir con una nueva realidad en la que hay más incertidumbre y menos tiempo de reacción. En la que la competitividad se ha incrementado y las barreras de entrada han bajado. Y además, se ha producido un hecho fundamental: el poder está en manos de los clientes. Y con éstos se conecta sobre todo por medio de las emociones.

Goleman indica que, al trabajar la inteligencia emocional en las empresas, es clave partir de un análisis realista de situación y actuar en tres niveles:

  • Individual. Con la mejora de las capacidades personales.
  • Grupos. Con la mejora de las capacidades de interrelación.
  • Plano organizativo. Con principios y prácticas que promuevan la inteligencia emocional en la gestión del personal (selección, formación, evaluación y recompensas), las estructuras y los sistemas de trabajo.

La calidad nunca es un accidente, siempre es el resultado del esfuerzo de la inteligencia, dijo el célebre escritor y sociólogo británico John Ruskin. Y seguramente no estaría diferenciando entre la cognitiva y la emocional.

Crédito de la foto: Lars Plougmann / Foter / CC BY-SA

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