El violinista callejero, el Stradivarius y el talento cotidiano

Escrito por Alberto Chouza

Poco antes de las 8 de la mañana del 12 de enero de 2007 un hombre vestido con vaqueros, camiseta de manga larga y una gorra de béisbol ocupó una esquina de la estación de metro de L’Enfant Plaza en Washington. De manera cuidadosa sacó de su estuche el violín que lo acompañaba, con mimo lo colocó sobre su hombro y comenzó a tocar una melodía de Johann Sebastian Bach. Llegó a interpretar hasta seis piezas diferentes durante cerca de una hora. Al finalizar pudo contar poco más de 32 dólares que habían dejado sobre su estuche 27 personas. De las aproximadamente 1.100 que pasaron a escasos metros de él durante ese tiempo tan sólo siete se detuvieron un rato para escucharlo.

Tres días antes el Boston Symphony Hall registró un lleno completo para ver su actuación. Las entradas se habían agotado semanas antes pese a que el precio de un buen asiento alcanzaba los 100 dólares. Ese hombre que tocaba en la estación de metro era Joshua Bell, uno de los mejores violinistas del mundo. Y además el instrumento que utilizó fue un Stradivarius de 1713, valorado en más de 3 millones de dólares. Estaba protagonizando un experimento planificado por The Washington Post con el objetivo de comprobar la reacción de la gente.

Muchas son las reflexiones que podemos hacer sobre el resultado de la prueba pero sin duda algunas de ellas tienen que ver con nuestra incapacidad para reconocer el talento cuando está a nuestro lado. Elbert Hubbard, filósofo y escritor estadounidense dijo en una ocasión: “Existe algo más escaso, fino y raro que el talento. Es el talento de reconocer a los talentosos”.

Es innegable que abundan los talentos frustrados, aquellos que no han tenido el coraje y decisión para desarrollarlo, que no han sido capaces de vencer ese miedo que en muchas ocasiones limita las capacidades. Y también son frecuentes los casos de aquellos que no han sido suficientemente apreciados, valorados y por tanto su potencial de desarrollo se redujo considerablemente. Sobradamente conocidos son los casos de grandes genios cuyo reconocimiento se produjo después de su muerte (El Greco, Vincent Van Gogh, Frank Kafka, Edgard Allan Poe…). Por ello, es justo reconocer a todos aquellos que disponen de la habilidad de reconocer el talento y deciden impulsarlo, darle una oportunidad de romper límites y barreras.

Miradas superficiales

Nuestra forma de ver y de  valorar a las cosas y  a las personas que nos rodean puede cambiar si somos capaces de aplicar una adecuada combinación de curiosidad, atención y sensibilidad. Tal vez así podamos llegar a apreciar ese talento cotidiano que está mucho más presente en nuestra vida de lo que creemos. Nuestro entorno está repleto de pequeños y grandes secretos que en muchas ocasiones pasan desapercibidos para nosotros porque las circunstancias y nuestra actitud hacia la vida no nos los dejan ver. E incluso en ocasiones los vemos pero no somos capaces de reconocerlo en las personas porque nuestra mirada es superficial y rápida, como muchas de las cosas que nos suelen mantener ocupados en nuestro día a día.

 Suele ocurrir que cuando alguien próximo ya no está echamos en falta aquello que en su momento no apreciamos pero contribuía a hacernos la vida mejor y más agradable. Uno de los mejores regalos que le podemos hacer a alguien es prestarle nuestra atención. Además seguro que nos llevaremos algo para nosotros. Como ocurrió con una de aquellas siete personas que se detuvo a escuchar a Joshua Bell en el metro de Washington, poco conocedora de la música clásica, que declaró posteriormente: “Fuera lo que fuera lo que estaba tocando me hacía sentir en paz”.

Al menos cuando seamos capaces de reconocer a alguien con talento deberíamos hacérselo saber, le reforzará y animará a seguir progresando. Podríamos tomar el ejemplo de Robert de Niro cuando en la película “Una terapia peligrosa”, en el papel del mafioso Paul Vitti, le dice al psiquiatra Ben Sobol, interpretado por Billy Cristal: “Tú tienes un don amigo mío,… tú eres bueno, eres bueno…”.

Escrito por Alberto Chouza

Poco antes de las 8 de la mañana del 12 de enero de 2007 un hombre vestido con vaqueros, camiseta de manga larga y una gorra de béisbol ocupó una esquina de la estación de metro de L’Enfant Plaza en Washington. De manera cuidadosa sacó de su estuche el violín que lo acompañaba, con mimo lo colocó sobre su hombro y comenzó a tocar una melodía de Johann Sebastian Bach. Llegó a interpretar hasta seis piezas diferentes durante cerca de una hora. Al finalizar pudo contar poco más de 32 dólares que habían dejado sobre su estuche 27 personas. De las aproximadamente 1.100 que pasaron a escasos metros de él durante ese tiempo tan sólo siete se detuvieron un rato para escucharlo.

Tres días antes el Boston Symphony Hall registró un lleno completo para ver su actuación. Las entradas se habían agotado semanas antes pese a que el precio de un buen asiento alcanzaba los 100 dólares. Ese hombre que tocaba en la estación de metro era Joshua Bell, uno de los mejores violinistas del mundo. Y además el instrumento que utilizó fue un Stradivarius de 1713, valorado en más de 3 millones de dólares. Estaba protagonizando un experimento planificado por The Washington Post con el objetivo de comprobar la reacción de la gente.

Muchas son las reflexiones que podemos hacer sobre el resultado de la prueba pero sin duda algunas de ellas tienen que ver con nuestra incapacidad para reconocer el talento cuando está a nuestro lado. Elbert Hubbard, filósofo y escritor estadounidense dijo en una ocasión: “Existe algo más escaso, fino y raro que el talento. Es el talento de reconocer a los talentosos”.

Es innegable que abundan los talentos frustrados, aquellos que no han tenido el coraje y decisión para desarrollarlo, que no han sido capaces de vencer ese miedo que en muchas ocasiones limita las capacidades. Y también son frecuentes los casos de aquellos que no han sido suficientemente apreciados, valorados y por tanto su potencial de desarrollo se redujo considerablemente. Sobradamente conocidos son los casos de grandes genios cuyo reconocimiento se produjo después de su muerte (El Greco, Vincent Van Gogh, Frank Kafka, Edgard Allan Poe…). Por ello, es justo reconocer a todos aquellos que disponen de la habilidad de reconocer el talento y deciden impulsarlo, darle una oportunidad de romper límites y barreras.

Miradas superficiales

Nuestra forma de ver y de  valorar a las cosas y  a las personas que nos rodean puede cambiar si somos capaces de aplicar una adecuada combinación de curiosidad, atención y sensibilidad. Tal vez así podamos llegar a apreciar ese talento cotidiano que está mucho más presente en nuestra vida de lo que creemos. Nuestro entorno está repleto de pequeños y grandes secretos que en muchas ocasiones pasan desapercibidos para nosotros porque las circunstancias y nuestra actitud hacia la vida no nos los dejan ver. E incluso en ocasiones los vemos pero no somos capaces de reconocerlo en las personas porque nuestra mirada es superficial y rápida, como muchas de las cosas que nos suelen mantener ocupados en nuestro día a día.

 Suele ocurrir que cuando alguien próximo ya no está echamos en falta aquello que en su momento no apreciamos pero contribuía a hacernos la vida mejor y más agradable. Uno de los mejores regalos que le podemos hacer a alguien es prestarle nuestra atención. Además seguro que nos llevaremos algo para nosotros. Como ocurrió con una de aquellas siete personas que se detuvo a escuchar a Joshua Bell en el metro de Washington, poco conocedora de la música clásica, que declaró posteriormente: “Fuera lo que fuera lo que estaba tocando me hacía sentir en paz”.

Al menos cuando seamos capaces de reconocer a alguien con talento deberíamos hacérselo saber, le reforzará y animará a seguir progresando. Podríamos tomar el ejemplo de Robert de Niro cuando en la película “Una terapia peligrosa”, en el papel del mafioso Paul Vitti, le dice al psiquiatra Ben Sobol, interpretado por Billy Cristal: “Tú tienes un don amigo mío,… tú eres bueno, eres bueno…”.

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