Los profesionales de la prisa o cómo ser un pollo sin cabeza

Escrito por Alberto Chouza

“Hoy no tengo tiempo para almorzar, tráigame directamente la cuenta”, dijo Groucho Marx dirigiéndose al camarero que se había acercado a atenderle.

 Esta frase del genial Groucho encaja muy bien con un perfil de profesionales que se desenvuelven en un mundo lleno de prisas, agobios y urgencias en el que, según ellos, su presencia es requerida continuamente y, si algún día nos faltase, todo se iría al garete. Al menos eso piensan ellos. Y como nos convertimos en lo que pensamos, se han transformado en una especie de pollos sin cabeza que se mueven continuamente de un lado hacia otro. Con rapidez, eso sí, pero sin orientación. Tienen reloj y lo miran continuamente. Pero les falta brújula.

 “Dibújame tu reloj, por favor. Pero ahora no lo mires, ya lo haces muy a menudo a lo largo de un día. Imagínate las veces que lo harás en una semana, meses, años incluso”, le dije a una de las personas que tiene este perfil y se acercó a la oficina (aprovechando un hueco en su agenda…) interesado en los servicios de desarrollo profesional. Llevábamos unos quince minutos de reunión y su reloj lo había mirado fugazmente al menos tres veces. Sorprendido, contestó, “dibujo bastante mal”. Le acerqué un folio y dubitativo comenzó a trazar unas líneas. “Bueno, creo que es algo parecido a esto”, dijo al cabo de un rato y me entregó la hoja. La rompí sin mirarla. “Si tú me lo dices, te creo. ¿O no debo hacerlo?”, le dije.

Él iba demasiado rápido

 En los quince minutos de charla me había intentado manifestar que era el hombre que todo lo tenía claro, el de las certezas y el de la seguridad en sus posiciones. Y naturalmente, buscaba un cambio, un nuevo reto profesional. Se le había quedado pequeño el trabajo actual, la empresa y el sector. O también podemos verlo, según sus palabras, como que él iba demasiado rápido y las cosas no iban a su ritmo. Y, por supuesto, los miembros de su equipo estaban muy identificados con él, su líder y mentor, y claro eso era lo que más le preocupaba, qué iba a ser de ellos sin él…

 Le acerqué un folio de nuevo. “Dibújame el reloj de alguno de los miembros de tu equipo”. Antes de que reaccionara le dije que era una broma. “Escribe las respuestas a estas tres preguntas: ¿cuándo fue la última vez que os reísteis juntos como equipo?, ¿qué emociones predominan cuando estáis reunidos?, ¿sabes en lo que quiere mejorar cada uno de ellos?

Dibújame el reloj de tu equipo

Cogió el bolígrafo con rapidez, cómo no, pero a medida que lo iba acercando a la hoja todavía en blanco el ímpetu inicial se iba frenando hasta detenerlo apenas a dos centímetros del papel. Era como si las palabras no pudiesen salir de la boca. En este caso la tinta del boli. Hacía el gesto de comenzar a escribir pero los dedos no avanzaban. “Déjalo, no te preocupes”, le dije. “Entiendo que son tantas las cosas que te vienen a la mente que te cuesta seleccionar lo que vas a escribir. De todas maneras, te puedes llevar el folio. Puede que te venga bien para aclarar las ideas. Y, al menos, te puede servir para volver a dibujar tu reloj”.

 Se marchó a los pocos minutos. Tenía una nueva reunión y llegaría tarde. Antes de irse me dijo que en unos días me llamaría para concertar la primera sesión de trabajo. Hasta ahora no lo ha hecho. No pierdo la esperanza de que lo haga. Creo que es un tipo de cliente fantástico. Me lo imagino llegando y diciéndome: “hoy no tengo tiempo para la sesión, tráigame directamente la cuenta”. ¡Qué grande!

Imagen cortesía de Geralt en Pixabay

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